
Las nubes son conjuntos de partículas formadas, mayoritariamente, de gotitas líquidas, de cristalitos de hielo o de ambos a la vez, y que se encuentran suspendidas en la atmósfera.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) define nube como un "hidrometeoro consistente en una suspensión en la atmósfera de partículas minúsculas de agua líquida o de hielo, o de ambas a la vez, que en general no tocan el suelo; este conjunto puede también contener partículas de agua líquida o de hielo de mayores dimensiones y partículas no acuosas o partículas sólidas procedentes, por ejemplo, de gases industriales, de humo o polvo".

Las nubes constituyen un eslabón del ciclo natural del agua en la Tierra, que es generado y movido por el ingente calor del Sol, nuestra máquina del tiempo atmosférico.
Todo empieza cuando el agua de los mares, océanos, lagos, ríos, etc., y de la vegetación se evapora y se incorpora a la atmósfera. El agua pasa al aire, principalmente en forma de vapor.

El vapor de agua es uno de los componentes del aire que, aun estando en pequeñas proporciones y limitado en las capas bajas de la atmósfera (troposfera), juega un papel importantísimo en ella y mantiene la vida en la Tierra.
El vapor de agua es invisible a nuestros ojos. Su cantidad variable puede medirse directa o indirectamente por instrumentos meteorológicos (higrómetros e higrógrafos, entre otros).
Una masa de aire puede contener una cantidad limitada de vapor de agua a una temperatura y presión dadas. Cuando la concentración de vapor de agua alcanza unos límites determinados, entonces se puede condensar en forma de gotitas líquidas, o sublimar directamente a cristales de hielo, o congelar las propias gotitas de agua en cristales.
Los procesos físicos de cambio de fase, donde el vapor de agua se transforma en gotitas de agua o en cristales de hielo, suponen una odisea gigantesca pues deben vencerse fuerzas y tensiones que se oponen o resisten a ello.

Los núcleos de condensación (y de sublimación y congelación) son partículas pequeñísimas de sustancias higroscópicas (capaces de absorber la humedad) que favorecen los procesos atmosféricos de condensación (y de sublimación y congelación). Así, las fuerzas que se oponen a los cambios de fase se ven modificadas o eliminadas parcialmente para permitir la formación de las nubes y hacer crecer las gotitas o cristales suspendidos, hasta ganar el peso suficiente para caer por la gravedad hacia el suelo.
En la atmósfera existen siempre gran número de estos núcleos. La formación de una nube será pues tanto más fácil cuanto más abundantes sean los núcleos de condensación.
El diámetro medio de una gota de lluvia es de unos dos milímetros; el de una gotita de nube es la centésima parte del primero mientras que el de un núcleo de condensación ronda la diezmilésima parte del de la gota de lluvia.

Cuando la atmósfera alcanza su humedad máxima, ya no admite más vapor de agua en su seno y se dice que está saturada. A partir de entonces, cualquier cantidad adicional de vapor que se incorpore a la atmósfera formará gotitas o cristalitos de hielo.
La saturación de una masa de aire en la atmósfera es el paso previo a la formación de nubes y puede alcanzarse por diversos mecanismos como, por ejemplo, el enfriamiento local en capas bajas atmosféricas o el ascenso de una masa de aire húmedo (este ascenso puede originarse como consecuencia de la actividad de frentes, por la presencia de un relieve orográfico, a causa de la convección, etc.).

La presencia de nubes en un lugar no es algo casual sino que obedece a circunstancias de las que puede obtenerse cierta información.
En la observación de las nubes se tiene en cuenta su tipo, su cantidad, su disposición horizontal y vertical, y la posible precipitación asociada a las mismas. Un parámetro importante es la altura de las nubes, definida por la altura del "techo de nubes", es decir, de la superficie inferior de la capa más baja de nubes.
Las imágenes de satélite y de radar suponen una importante fuente de información adicional para observar y estudiar las nubes.

La fracción de la bóveda celeste que se ve cubierta de nubes se denomina "nubosidad total" o "cantidad de nubes". La nubosidad se mide en octavos u "octas" de cielo cubierto: así, por ejemplo, si las nubes cubren la mitad del cielo se dice que la nubosidad es de 4 octas.
Dependiendo del número de octas de la nubosidad total, la Agencia Estatal de Meteorología habla de cielo "despejado" (0 octas), "poco nuboso" (1, 2 o 3 octas), "nuboso" (4 o 5 octas), "muy nuboso" (6 o 7 octas) o "cubierto" (8 octas).

Para analizar, estudiar y comparar nubes es preciso realizar una clasificación de los tipos que se dan en la naturaleza. Esta tarea no es tan evidente como parece. No fue hasta principios del siglo XIX cuando se dispuso de una clasificación ampliamente aceptada por todo el mundo científico, que es la que empleamos en esta unidad y se detalla en el apartado siguiente. Antes vamos a revisar brevemente las clasificaciones nubosas más comunes, muy conceptuales y clarificadoras.
Todo tipo de clasificación se basa en observar alguna característica de la estructura nubosa que determine el tipo de nube: forma, altura, constitución, origen, etc. Cada característica tiene sus ventajas y desventajas. Aunque aceptemos al final una determinada, podremos utilizar las otras clasificaciones para complementarla.
Veamos algunas de ellas: